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guerracongreso.indbG
Seminario Interdisciplinar de Historia y Literatura
de la Universidad de Murcia
N.º 5, 2018
G
Fernando Carmona Fernández y José Miguel García Cano (eds.) José Javier Martínez García (coord.)
Universidad de Murcia Museo de la Universidad de Murcia
Centro de Estudios del Próximo Oriente y la Antigüedad Tardía
Guerra y violencia en la literatura y en la historia F. Carmona Fernández y J.M. García Cano (eds.) José Javier Martínez García (Coord.) Universidad de Murcia Museo de la Universidad de Murcia Centro de Estudios del Próximo Oriente y la Antigüedad Tardía 189 p.- (Seminario Interdisciplinar de Historia y Literatura; V) ISBN: 978-84-946637-4-1
1.ª Edición, 2018
Reservados todos los derechos. De acuerdo con la legislación vigente, y bajo las sanciones en ellas previstas, queda totalmente prohibida la reproducción y/o trasmisión parcial o total de este libro, por procedimientos mecánicos o electrónicos, incluyendo fotocopia, grabación magnética, óptica o cualquiera otros procedimientos que l técnica permita o pueda permitir en el futuro, sin la expresa autorización por escrito de los propietarios del copyright.
Universidad de Murcia, 2018 Portada y contraportada: Pedro Lillo Carpio Recreación de una escena de despedida en una necrópolis ibérica, con motivo de la exposición El Caballo en la sociedad ibérica (2004). DM.: 1.80 x 3 metros.
ISBN: 978-84-946637-4-1 DL: 458-2018
ÍNDICE
Prólogo 5 Fernando Carmona Fernández y José Miguel García Cano
Preservación del orden versus propaganda; “cultura de la guerra” o “culto a la guerra” en los textos militares faraónicos. 7 Antonio Pérez Largacha
Representaciones de enemigos extranjeros y cautivos de guerra del reinado de Tutankhamon. Historicidad y nuevos modelos iconográ cos. 17 Inmaculada Vivas Sainz
Las calamidades de la guerra como tema literario en Alfonso X 27 Bernard Darbord y César García de Lucas
Joan Roís de Corella: Una propuesta antibelicista en la literatura catalana medieval? 45 Rafael Alemany Ferrer
Triste estaba el Padre santo 55 Vicenç Beltran
Los soldados atemporales de Shakespeare. Pervivencia de unos modos de representación de la guerra 73 César Labarta Rguez-Maribona
“Moriré cantando como el ruiseñor cubano”: Violencia y esclavitud en el discurso literario de Andrés A. Orihuela 83 Salvador Méndez Gómez
Exaltación patriótica y nostálgica en tiempo de habanera, en la Guerra de Independencia de Cuba (1895-1898): el ejemplo de Tú del compositor Eduardo Sánchez de Fuentes 93 Aurelio Martínez López
La crónica de guerra en la novela corta de nales del siglo XIX y principios del XX 99 Noemí López Alcón
La imagen de la mujer murciana en los primeros meses del franquismo a través de una análisis del diario Línea (abril 1939-diciembre 1939) 107 Joaquín Navarro Caravaca
Françoise Lalande-Keil, mémorialiste de la Shoah en Belgique:une “méchante” histoire familiale 117 André Bénit
Quand l’écriture devient une nécessité: la France et la Seconde Guerre mondiale ou l’ère du témoin 127 María Pilar Saiz-Cerreda
El pensamiento de omas Mann sobre la guerra. Una mirada desde la literatura alemana 135 Juan Luis Monreal Pérez
Erika Diettes: Arte contemporáneo en Colombia y las víctimas del con icto armado interno 157 Elkin Toloza Villalobos
La guerra sucia en México: proceso histórico y objetivación artística 163 Rafael Torres Sánchez
Las barricadas de París, de Haussmann a Mayo del 68: una aproximación poética y sociológica 171 Ángel Clemente Escobar
El happening poético como arma contra la guerra 181 Anne Laure Feuillastre
Recuerdos del miedo: re exiones e imágenes de violencia, cautiverio y muerte en memorias escritas por pilotos de combate estadounidenses de la Guerra de Vietnam 191
Antonio José Miralles Pérez
P
Este volumen, el quinto de nuestro Seminario Interdisciplinar de Historia y Literatura (SIHL), recoge la mayor parte de los trabajos de la reunión científi ca que, sobre Guerra y violencia en la Literatura y en la Historia, tuvo lugar en la Facultad de Letras de la Universidad de Murcia entre los días 10 y 12 de mayo de 2017.
Para nosotros, es una satisfacción que un Seminario Interdisciplinar creado hace quince años siga teniendo vigencia y el mismo éxito que cuando nació en 2003. En efecto, la presente monografía recoge diecisiete intervenciones que van desde la Antigüedad hasta la segunda mitad del siglo XX: Antonio Pérez Largacha explica la Preservación del orden versus propaganda; “cultura de la guerra” o “culto a la guerra” en los textos militares faraónicos; e Inmaculada Vivas Sainz examina las Representaciones de enemigos extranjeros cautivos de guerra del reinado de Tutankhamon. Historicidad y nuevos modelos iconográfi cos. La guerra y las calamidades sufridas por Cartago y Jerusalén, con descripciones realistas de hambre y antropofagia, sirven de precedente de la destrucción de España, tema que presenta Alfonso X dentro del topos medieval del castigo divino (Bernard Darbord y César García de Lucas). Rafael Alemany Ferrer precisa y matiza el antibelicismo de Joan Roís de Corella. Vicenç Beltran en Triste estaba el Padre santo presenta la manipulación ideológica del tema del sacco de Roma y una edición crítica de su transmisión textual. César Labarta Rguez-Maribona estudia la atemporalidad de los valores militares en los personajes de Shakespeare. Salvador Méndez Gómez estudia Violencia y esclavitud en el discurso literario de Andrés A. Orihuela. Aurelio Martínez López disecciona la Exaltación patriótica y nostálgica en tiempo de habanera, en la guerra de Independencia de Cuba (1895-1898): el ejemplo de Tú del compositor Eduardo Sánchez de Fuentes. Noemi López Alcón colabora con La crónica de guerra en la novela corta de fi nales del siglo XIX y principios del XX. Joaquín Navarro Caravaca analiza La imagen de la mujer murciana en los primeros meses del franquismo a través de un análisis del diario Línea (abril 1939-diciembre 1939). André Benit refi ere a Françoise Lalande- Keil, mémorialiste de la Shoah en Belgique: une “mechante” histoire familiale. María Pilar Saiz- Cerreda presenta la función del diario personal como testimonio de la experiencia vivida en la Segunda Guerra Mundial. Juan Luis Monreal Pérez analiza el pensamiento de Thomas Mann sobre la guerra. Dos artículos se centran en la guerra sucia en America: Elkin Toloza Villalobos escribe sobre Erika Diettes: Arte contemporáneo en Colombia y las víctimas del confl icto armado interno; y Rafael Torres Sánchez La guerra sucia en México: proceso histórico y objetivación artística. Ángel Clemente Escobar considera, en el imaginario de la revolución urbana, las barricadas del Mayo del 68 y las de la tradición revolucionaria como precedente. Anne Laure Feuillastre presenta el happening poético –mezcla de verso y prosa, drama y documento y efectos teatrales de todo tipo para involucrar al espectador en el drama- como arma contra la guerra; y lo ejemplifi ca en Guernica, obra teatral de Jerónimo López Mozo (1969). Finalmente Antonio José Miralles Pérez trae a colación Recuerdos del miedo: refl exiones e imágenes de violencia, cautiverio y muerte en memorias escritas por pilotos de combate estadounidenses de la guerra de Vietnam.
Muchas gracias a todos los participantes.
Fernando Carmona Fernández
1. I
La guerra, el confl icto y la derrota del “otro”, está presente en numerosos textos e imágenes que del antiguo Egipto conservamos. Desde los inicios del Estado, incluso con anterioridad en el período predinástico, el dominio sobre los enemigos se encuentra en la ideología y mensajes que se emiten desde las nacientes élites que acabaran poniendo las bases de un Estado faraónico que pervivirá más de tres milenios. Así, el motivo del rey golpeando, venciendo, sometiendo a los enemigos de Egipto, quedará plasmado en la paleta de Narmer y pervivirá hasta los tiempos en que Egipto sea una provincia del Imperio Romano, representándose así Augusto y otros emperadores romanos en templos y estelas por todo Egipto, siendo revelador que sea en el mundo egipcio en el único en el que los Emperadores romanos se representen en una actitud indígena, local, una consecuencia lógica de que si querían ser considerados y vistos por la población egipcia como legítimos gobernantes debían respetar la iconografía y los símbolos que formaban parte de su memoria cultural.
Pero no solo los Emperadores se representan siguiendo las normas faraónicas, también los dioses egipcios seguirán transmitiendo su apoyo y guía a los Emperadores romanos en la victoria sobre el enemigo, al tiempo que sus imágenes también se romanizan en algunos casos, en especial Horus, símbolo del Faraón que gobierna terrenalmente Egipto, que se representa como un legionario romano que derrota a animales y símbolos que la memoria cultural egipcia asociaba al caos que circunda el valle del Nilo (fi g. 1), una iconografía que es el origen de otras posteriores como la de San Jorge.
Figura 1. Horus como legionario romano, S. IV d.C. Louvre E 4850.
8 ANTONIO PÉREZ LARGACHA
Es decir, la guerra, el confl icto, la imagen y transmisión del dominio y derrota constante sobre el “otro”, y por extensión de todos los peligros que rodeaban a Egipto, están presentes a lo largo de más de tres mil años de historia, contribuyendo de esa manera a la visión militarista, bélica, que del mundo egipcio se tiene.
Desde una de las tradiciones que forma parte de nuestra propia memoria cultural occidental, la grecorromana, el confl icto, la guerra, aparece asociada a una cultura y civilización como la egipcia, aunque en menor medida que respecto al mundo aqueménida, parto o sasánida. También desde nuestra tradición judeocristiana se emite el mismo mensaje, siendo el Éxodo bíblico el mejor ejemplo, que nos revela la imagen de un rey despótico, guerrero que, unida a la visión griega que se emite, en especial después de las Guerras Médicas, contribuirá a la visión despótica, al Orientalismo aun dominante y que, por ejemplo, encontrará en la fi gura de Alejandro Magno al máximo representante de la victoria sobre el mismo desde los valores y mentalidad clásica.
También es signifi cativo cómo desde esas dos tradiciones que han formado nuestra memoria cultural se emita el mensaje de una cultura próspera, rica en recursos agrícolas, desde la famosa afi rmación de Heródoto de que el Antiguo Egipto era un “don del Nilo” hasta la de una tierra a la que acuden los Patriarcas en busca de alimentos y donde emana leche y miel.
Por todo ello, estas dos imágenes dominan la visión e interpretación del mundo egipcio, junto a la de unos monumentos grandiosos destinados para la gloria de reyes y dioses, unas costumbres funerarias diferentes con prácticas como la momifi cación y el deseo de enterrarse en unas tumbas repletas de ingentes tesoros para disfrutar en el más allá, en la otra vida.
En las siguientes páginas solo nos centraremos en la primera de esas imágenes, la relacionada con lo militar, la guerra, pero es importante conocer y tener en consideración las imágenes que desde el pasado se han emitido del antiguo Egipto y que, aun en nuestros días siguen dominando su interpretación y visión.
2. L E
Desde los propios planteamientos que analizan e intentan explicar el surgimiento de los primeros estados, o de las sociedades de jefatura, la guerra y el confl icto aparecen como un factor imprescindible para su origen y la aparición de unas élites gobernantes que establecerán la organización y normas de las primeras sociedades (Campagno 2004). Así, una corriente mayoritaria de la investigación cree que sin la existencia de un confl icto armado no pudo desarrollarse una sociedad compleja que, a su vez, desarrollara una estratifi cación social y unas formas de gobierno coercitivas que, en el caso de las culturas próximo orientales, impondrá una forma despótica de gobierno y unos mecanismos de control de la sociedad que reducirán el poder a un entorno muy limitado que disfrutaba del mismo. Es decir, estas primeras culturas tienen en la guerra la base de su organización y por ello se habla de una “cultura de la guerra”.
Desde tiempos predinásticos la guerra parece estar presente en los objetos e incluso esos primeros líderes o reyes parecen dedicar sus victorias a los dioses en sus templos, iniciando lo que Williams y Logan (1987) llamaron un “ciclo real”.
9PRESERVACIÓN DEL ORDEN VERSUS PROPAGANDA; “CULTURA DE LA GUERRA”...
Pero los orígenes de la cultura faraónica se remontan al Holoceno, un período en el que el valle del Nilo no podía ser explotado ni asentado debido a unas crecidas del Nilo muy elevadas y la existencia de un entorno climático mucho más húmedo, por lo que la vida se desplegó en torno a los wadis y, especialmente, en el desierto occidental (Pérez Largacha 2015). Fue a partir del V milenio a.C. cuando las condiciones climáticas comenzaron a cambiar y la desecación del Sahara empezó a ser una realidad, lo que obligó a que las poblaciones tuvieran que retirarse a la única región donde era posible la vida, el valle del Nilo. Sin embargo, a pesar de disminuir el volumen de las crecidas y desecarse el entorno geográfi co, el mismo seguía siendo hostil, por lo que debió de ser dominado, conquistado y, con posterioridad, conservado y defendido.
En el período protodinástico comienzan a fi jarse las bases ideológicas de un confl icto entre el orden interno y el caos circundante que pervivirá a lo largo de toda la civilización egipcia. Un combate, una lucha por preservar y mantener aquellos lugares donde era posible desarrollar una agricultura, una ganadería y poner los cimientos de una sociedad compleja. De ese modo, se fueron confi gurando diversas imágenes, como la de que todo aquello que procedía, o vivía, más allá de las fértiles llanuras del Nilo constituía una amenaza, un peligro, no solo los animales o fenómenos atmosféricos como las tormentas de arena, sino también las poblaciones que habitaban más allá de los límites mentales de Egipto -Kemet, la tierra negra que encarnaba la llanura aluvial-. Una diferenciación que también permitió desarrollar una “identidad” propia con la que el mundo egipcio se identifi có y diferenció de todo aquello que lo rodeaba y que, aunque se tuvieran relaciones comerciales e incluso buenas relaciones, ideológicamente pertenecían al caos. Como señala Loprieno (1988), en los textos egipcios puede distinguirse entre topos y mimesis. El primero es un estereotipo de salvaje, enemigo que debe ser conquistado, mientras que mimesis refl eja una actitud más positiva y realista hacia lo externo, pero en las inscripciones ofi ciales, “rituales” domina el topos.
La defensa de ese “orden cósmico” que había sido creado se convirtió en la principal obligación para los gobernantes, desde los líderes predinásticos a los futuros reyes de Egipto, y las representaciones de los mismos procediendo a derrotar, a dominar los peligros del exterior transmitían una imagen de seguridad al conjunto de la sociedad, que sentía que sus gobernantes cumplían con las obligaciones que los dioses habían impuesto a los reyes, preservar Kemet de toda amenaza.
Es así como se pusieron las bases de una memoria cultural que veía en el confl icto, en la derrota del “otro” y de los peligros que encarnaban una evidencia de que el orden cósmico era mantenido (Cf. Baines & Yoff ee 1998; Trigger 2003:71-90). En los orígenes de toda civilización se procede a fi jar, a establecer unos códigos mentales, mitológicos, simbólicos que ponen las bases de unos modelos, de una forma de actuar y entender el mundo que, en defi nitiva, son los que van a regir el destino de esas culturas y mantener su memoria cultural, para sentirse identifi cados con una realidad que les rodea. Dichos códigos se van a fi jar mediante unas imágenes y actitudes que son entendidas por el conjunto de la sociedad, que se sentirá de ese modo identifi cada, protegida ante lo que contempla por lo que realizan sus gobernantes. Unas escenas en las que el rey aparece próximo, cercano a unas divinidades que contemplan, aprueban y legitiman lo que se representa, mientras que lentamente dichas escenas pueden complementarse primero con pequeños textos que pueden solo mencionar a los protagonistas para, a medida que se avanza en el tiempo ir siendo acompañadas de unos textos más complejos y descriptivos que, en defi nitiva,
10 ANTONIO PÉREZ LARGACHA
serán los que se representen, por ejemplo, en los pilonos de los templos, en las estelas reales que transmiten la labor de los gobernantes, siendo todas estas escenas y textos las que van decorando los templos y que, no debemos olvidar, son las que mayoritariamente nos ha legado el mundo egipcio, viniendo a confi rmar desde el redescubrimiento de Oriente en los siglos XVIII y XIX, la imagen belicista, guerrera que las fuentes clásicas y judeocristianas habían transmitido del mundo egipcio y que durante siglos habían constituido la única fuente de información sobre el antiguo Egipto.
Estas dinámicas se remontan a unos orígenes arcanos del mundo egipcio y pervivirán, teniéndolos que adoptar y asumir, todos y cada uno de los reyes extranjeros de Egipto, desde los gobernantes nubios de la XXV dinastía, a los Ptolomeos o los Emperadores romanos. Los egipcios percibían su mundo como el centro del cosmos, el axis mundi en el que el resto de territorios formaban la periferia, una idea que está presente en muchas otras culturas, sean o no de la Antigüedad (Cornelius 1998).
La fi jación de la realidad o concepción del mundo en los orígenes de una cultura es un proceso similar a muchas de las que existieron en la Antigüedad. Sirva como ejemplo el mundo griego. Las primeras obras del mismo se vinculan con Homero, considerado el poeta de la guerra ya por Weil (1940). La Iliada, así como la Odisea, se convertirán en las obras de referencia del mundo griego, en un modelo a seguir para intentar actuar de la misma forma que lo hacen los héroes homéricos, con su areté, con la doxa. Es decir, como sucedió en los orígenes del mundo egipcio, se fi jaron unas normas, una concepciones y valores que estarían presentes durante todo el período grecorromano -e incluso con posterioridad-; Troya y los héroes homéricos.
En el mundo mesopotámico sucederá lo mismo. Desde tiempos Uruk la fi gura del gobernante-sacerdote domina las acciones que emprende el conjunto de la sociedad, desde el ámbito militar a la presentación de ofrendas a los dioses, pero será con posterioridad, a lo largo del III milenio, cuando se irán asentando las bases del poema épico que se convertirá en modelo y refl ejo de algunas de las concepciones mesopotámicas, el Poema de Gilgamesh, un héroe cuyas hazañas, valores y acciones serán transmitidas y traducidas a las regiones y culturas por las que el mundo mesopotámico se irá extendiendo.
La guerra pertenecía a uno de los regalos, pero también como una de las obligaciones (ME), que los dioses habían otorgado a la civilización, unos hombres que habían sido creados para sustituir a los dioses menores que en un principio había en la tierra y cuyos gobernantes pasaron a ser los representantes ante los dioses, debiendo justifi car, legitimar todas sus acciones según las instrucciones y lo que de ellos se esperaba (Ulanowski 2016:66).
Con posterioridad Sargón de Akkad creará el primer reino mesopotámico y su fi gura quedará ligada al modelo de buen gobernante, con composiciones como El Rey en la Batalla, pero será con el Imperio Neo-Asirio cuando la imagen bélica, militar y despótica del mundo mesopotámico quede totalmente fi jada, tanto con los programas decorativos que decoran sus palacios (May 2012), como por el hecho de que ese mundo neo-asirio será el que combata, derrote, castigue…a los reinos de Judá e Israel, que transmiten del mismo una imagen cruel y belicista.
Es por ello que la guerra, la victoria militar, es una imagen asociada a la realeza, pero también a los dioses, desarrollando cada cultura y civilización sus propios códigos sobre un
11PRESERVACIÓN DEL ORDEN VERSUS PROPAGANDA; “CULTURA DE LA GUERRA”...
substrato común. El mundo faraónico, como el mesopotámico, ha sido entendido como “cultura de la guerra”, ya que sus reyes expresan unas victorias que son continuas y que en ocasiones incluso pueden…